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Ríos de tinta se han escrito acerca de la crisis que nos atenaza desde hace ya demasiados años, tal y como nos recuerda José Antonio Sau en el prólogo de su libro de relatos. Se han tratado sus aspectos económicos, sociales, políticos y humanos. El sábado pasado el suplemento cultural Babelia daba fe, pese a lo que aseguren nuestros gobernantes, de que la crisis sigue siendo una realidad vigente y está lejos de haber sido disipada por cifras macroeconómicas que distan mucho de arreglar los problemas del día a día que padecen millones de ciudadanos. Precisamente es a estos ciudadanos, los más humildes, los más desprotegidos, a los que se les ha hecho pagar los platos rotos de los desmanes de un sector financiero que estuvo a punto de colapsar por sus propios excesos. Han sido los impuestos de los ciudadanos los que han pagado esta mastodóntica factura a través del endeudamiento masivo del Estado. Pero esto no ha hecho que los responsables de la crisis se sientan culpables e intenten compensar a la sociedad por el inmenso daño causado (salvo alguna excepción que se solventa en los Tribunales). Al contrario: con todo el cinismo del mundo, siguen exigiendo nuevos ajustes que sigan recortando derechos a las clases más vulnerables. Comúnmente se habla de la época anterior al año 2008 como de una edad dorada, en la que todo el mundo tenía los bolsillos repletos y el dinero se podía ganar de las maneras más fáciles. Yo opino que esa visión del pasado inmediato está totalmente distorsionada. Los que ganaban cifras fabulosas eran unos pocos. El obrero seguía siendo el obrero y para llevar un poco más de salario a casa debía esforzarse en echar horas extra. Si que es cierto que tenía una facilidad pasmosa para acceder al crédito, pero eso solo ha servido para no poder afrontar las deudas contraídas cuando han venido mal dadas.

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