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ADIÓS, HASTA MAÑANA. EDICIÓN LIMITADA 10º ANIVERSARIO

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Traducción de Gabriela Bustelo

EL LIBRO William Maxwell sitúa su novela más famosa en un pequeño pueblo del estado de Illinois, en el que dos familias comparten muchas cosas, tantas... Seguir leyendo

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EL LIBRO William Maxwell sitúa su novela más famosa en un pequeño pueblo del estado de Illinois, en el que dos familias comparten muchas cosas, tantas que los celos llevan finalmente a un asesinato. El crimen sacude la comunidad y rompe la amistad que unía a dos niños solitarios: el narrador de la novela -un chico que ha perdido a su madre recientemente- y Cletus, hijo del homicida; tras el suceso no volverán a hablarse. Al narrador esa ruptura le afectará, pero no será hasta mucho después, casi cincuenta años más tarde, cuando se de cuenta de cuánto le ha marcado y vuelva sobre aquellos hechos: sobre su amistad con Cletus y sobre los acontecimientos que precedieron al asesinato. Si en Vinieron como golondrinas Maxwell retrató la infancia y primera adolescencia y en La hoja plegada mostró el paso de la adolescencia a la edad adulta, en Adiós, hasta mañana explora las misteriosas fuerzas que nos obligan a examinar nuestro pasado. Construida a partir de sus recuerdos juveniles, Adiós, hasta mañana está considerada como su mejor novela, por la que obtuvo el American Book Award en 1980. Ahora se presenta en una nueva traducción. RESEÑA DE "ADIÓS, HASTA MAÑANA" EN EL BLOG DISCRETO LECTOR DE REPENTE, WILLIAM MAXWELL Por Juan Mata Acabo de finalizar la lectura de Adiós, hasta mañana, la segunda novela de William Maxwell que leo y si ya la primera, Vinieron como golondrinas, significó un gratísimo descubrimiento la que he terminado ahora me ha cautivado aún más. Ambas llegaron a mí por mediación de manos amigas, fraternales, un gesto que agradezco. Siempre que me dispongo a comentar un texto literario, o, por mejor decir, a ensalzarlo, me asalta la duda de si seré capaz de explicar con palabras sinceras y significativas lo que su lectura ha supuesto para mí. Temo incurrir en la ramplonería o el tópico, con lo que la llamarada de sensaciones y pensamientos quedaría reducida a ceniza. También en esta ocasión me siento un tanto amilanado. Comenzaré diciendo que una de las cualidades de la escritura literaria que más aprecio es la sutileza, la potestad de presentar lo minúsculo como algo esencial y revelador, la virtud para hacer que los lectores se interesen por las peripecias cotidianas con el mismo fervor que pueden prestar a los grandes acontecimientos históricos. Pero, ¿por qué habría de importarnos conocer las secuelas de un recuerdo adolescente que no ha dejado de gravitar en la vida de un sexagenario ni un sólo día desde que el pequeño suceso tuvo lugar, cincuenta años antes? ¿Qué puede ofrecer a los lectores la narración de un enquistado sentimiento de culpa que el narrador efectúa como un tardío acto de justicia? ¿Tan grave fue lo sucedido? ¿Acaso estamos hablando de un temible secreto, de la ocultación de un acto brutal y ominoso? No, desde luego. El suceso que ha atormentado al protagonista a lo largo de décadas es, visto desde fuera, ínfimo, casi ridículo, lo cual no ha evitado su presencia dolorosa. Un gesto adolescente, impremeditado, puede determinar gravemente una vida y el relato de William Maxvell, Adiós, hasta mañana, evoca ese peso. Al leerlo nos sentimos reclamados de inmediato por una confesión, por el viejo temor de un hombre mayor a que el silencio acabe por destruir su necesidad de rememorar. A veces, la memoria preserva ínfimos lugares dañados cuya reparación resulta cada vez más apremiante, si es que se aspira a alcanzar la serenidad definitiva. Es como una rozadura en un pie, liviana a primera vista, pero presente en cada paso que se da. ¿Y puede hacerse de la narración de un recuerdo, real y a la vez imaginado, una novela conmovedora, inolvidable? Sí, ése es el gran mérito de William Maxvell, convertir un episodio anecdótico en una exploración profunda de la condición humana. Cuando un escritor me hace sentir más compasivo y más interesado, cuando me conduce con delicadeza por la conciencia herida de un ser humano, cuando hace de la melancolía un modo de sondear el pasado, me siento elevado como lector. Soy capaz de entender de pronto las significaciones de la amistad, el dolor por la muerte de una madre, las incertidumbres del crecimiento, la sombra de la culpa, el anhelo de redención... ¿Y todo ello en un libro de 172 páginas? Sí. Basta esa brevedad para decir lo que esperamos siempre de la literatura: densidad, emoción, conocimiento. Y si se leen juntas ambas novelas (acabo de comenzar la tercera, La hoja plegada, y aún no estoy en condiciones de opinar) se percibirá un mismo estado de ánimo, aunque entre una y otra medien 43 años, y una misma voluntad de escribir como si se susurrara, como si se reclamara a los lectores una mirada deferente a las vicisitudes de la infancia. Son novelas que hablan de los niños, sí, pero van más allá: son novelas sobre las vidas dañadas, sobre las esperanzas pese a todo. (Releo el texto y tengo de nuevo un sentimiento de insuficiencia e ineptitud. No creo haber dicho lo que quería. Lo lamento, pues William Maxwell se merecía más. Diré finalmente que gran parte de la brillantez de ambas novelas se debe a las traducciones, realmente magníficas, realizadas por Gabriela Bustelo). Discreto lector. ADIÓS, HASTA MAÑANA, POR CARLOS REGO Durante cuarenta años, William Maxwell (1908-2002), fue editor literario de The New Yorker, y desde ese puesto, aconsejó y orientó a escritores como John Cheever, J.D. Salinger o John Updike, que llega a considerarlo una de las voces "más sabias y tiernas de la ficción norteamericana". Ambos adjetivos cuadran perfectamente con Adiós, hasta mañana, una sentida novela corta en la que el autor se deja llevar por unos vagos recuerdos de infancia para ajustar cuentas con un hecho que le obsesiona desde aquellos años: la ruptura de sus amistad con Cletus, el hijo del autor de un crimen terrible, con el que jamás volverá a cruzar palabra a pesar de haber sido durante una temporada su único compañero de juegos. A partir de ahí, Maxwell repasa sutilmente pero con franqueza su vida familiar -la devastadora muerte de su madre, el efecto de las actuaciones de los mayores en la vida de los niños-, y trata de indagar en las razones de su remordimiento actual. En ese intento de poner en claro su pasado, realidad y fantasía se entremezclan continuamente, y muchas de las reminiscencias no parecen del todo claras cincuenta años después. Finalmente, el deseo de llegar a saber los porqués de su obsesión le lleva a reconstruir un pasado que no conoció más que a retazos, y la segunda parte del libro es un magistral cuento dentro del principal en el que el autor imagina la dramática historia de amistad, celos y venganza que desembocaría en el trágico final, cerrando el círculo de manera ejemplar. Ruta 66 EL CICLO DE LA VIDA, POR ROBERT SALADRIGAS Un crimen cometido en su pueblo natal cuando él era niño, y trata de reconstruir los hechos. La vida sin estridencias de William Maxwell (Lincoln, Illinois, 1908-Nueva York, 2000) da la imagen de esos autores de enorme talento que, no se sabe muy bien por qué, en una literatura potente como la norteamericana reciben la etiqueta de menores y sin más se les orilla. Hasta que un día, cuando ya no están, alguien descubre el infamante error y tarde - aunque nunca lo es-son reivindicados. Eso sucedió con Maxwell. Fue un hombre calmado, de un rigor admirable. Escribió seis novelas y otros seis libros de relatos, ninguno desdeñable. Todos ellos son un compendio de su fuerza creativa, levantada sobre los pilares de la sobriedad, la elegancia y la precisión con que narró complejas historias con exquisita sencillez. Quizá ese difícil equilibrio confundió a analistas y lectores. No supieron o no quisieron ver que la obra de quien en su faceta de editor de ficción de The New Yorker entre 1939 y 1975 había orientado a colegas del calibre de John Cheever, Salinger, Eudora Welty o Flannery OConnor, casi por definición no podía ser mediocre ni por tanto era razonable arrojar a su creador al vertedero de los olvidados. El gris no es precisamente el color que define la narrativa seminal de Maxwell. Para constatarlo, tenemos a mano la trilogía compuesta por Vinieron como golondrinas (They came like swallows, 1937), La hoja plegada (The folded leaf, 1945) y Adíós,hasta mañana (So long, see you tomorrow, 1980), acertadamente recuperada por Asteroide y la soberbia última parte (recuerdo una vieja edición de Versal) recién aparecida con motivo del centenario del nacimiento de Maxwell. Las tres novelas son discretamente autobiográficas y responden al ciclo del desarrollo humano. La primera vivisecciona la infancia a partir de la muerte temprana de una madre que marca el brusco salto a la adolescencia. Maxwell perdió a la suya a los diez años, y la familia se desmoronó. La segunda retrata la amistad de dos muchachos y cómo su ruptura precipita el paso de la juventud a la vida adulta. Y en la tercera, publicada treinta y cinco años más tarde, la poética narrativa de Maxwell ha depurado la sutileza y su visión de la vejez es fruto de una contención, una hondura y una maestría que no sin motivo hacen de él un clásico de la novela norteamericana. El narrador, jubilado en Chicago, recuerda el crimen que se cometió en Lincoln, su pueblo natal, cuando él era niño solitario (su madre también ha muerto) pero amigo de un compañero de colegio algo raro, Cletus, hijo del homicida cuyo cuerpo es hallado poco después en una charca. Los chicos no vuelven a hablarse. Al cabo de medio siglo el narrador trata de reconstruir los hechos y para ello recurre a la memoria y a la hemeroteca local, ni una ni otra fiables. Así lo que no sabe, ni averiguará, es qué fue de Cletus, de qué forma el suceso determinó el rumbo de su vida. Entonces el narrador -he aquí el virtuosismo de Maxwell- siente crecer el interés por la suerte del amigo y toma para su propio consuelo una resolución memorable: imaginar lo que sucedió pero nunca podrá contrastar con la realidad.Así se introduce en la ficción dramática de la novela otro espacio ficcional, entremezclado de elipsis e interrogantes abiertos, que sin embargo para el anciano -y para el lector- que convierte la vida en memoria literaria resulta tan confortante como la oscura verdad disuelta en el pasado. Hay ahí, en la habilidad con que se construye el esqueleto de la historia, en ese tragín entre lo real y lo imaginario, entre el ayer y el presente, en la tremenda sencillez de la prosa que dice y no dice pero da a entender, hay debajo de todo ello, decía un talento maduro, perfectamente reconocible, acuñado con la sabiduría narrativa, la eficacia y la modestia de los que son verdaderamente excepcionales sin aparentarlo. Es la sustancia y la grandeza de William Maxwell. La Vanguardia ADIÓS, HASTA MAÑANA, POR JOSÉ LUIS DE JUAN William Maxwell, del que ahora se cumple el centenario de su nacimiento, profundizó en el oficio de escribir corrigiendo historias de autores como Cheever, Salinger o Updike para The New Yorker. Publicó varias novelas, Vinieron como golondrinas o La hoja plegada, que le situaron entre los narradores naturalistas del Medio Oeste americano, pues nació en un pueblo de Illinois. Su tema principal es la memoria y cómo ella traza el discurso narrativo e incluso se convierte en el "mensaje" finalmente. En Adiós, hasta mañana, Maxwell desmenuza recuerdos e impresiones de la infancia mediante el hilo conductor de un hecho escandaloso y sangriento que sucedió en la familia de uno de sus compañeros de escuela. La amistad entre dos granjeros vecinos se convierte en tragedia cuando uno de ellos se enamora de la esposa del otro. El episodio pasará por las turbulencias de una doble ruptura, acabando en un disparo y el suicidio del homicida, el padre de Cletus, amigo silencioso del narrador. Estos hechos romperán la relación adolescente, fugaz y seminal. Cletus desaparecerá marcado por un destino terrible que lo hermana con el destino también funesto del protagonista, que perdió a su madre cuando era niño. Pero lo que interesa a Maxwell es que el joven que él fue no supo estar a la altura de las circunstancias cuando después en el pasillo del instituto se cruzó con Cletus y lo ignoró. Esta culpa -tan simple, tan humana- es el motor del relato. Maxwell hace suya, aunque sólo sea como estrategia, aquella máxima de Levinas de escribir para ganar el perdón. El de uno mismo, se entiende. El resultado es una novela breve, original e intensa, a la par que extraña. El autor juega con la biografía (que ocupa los tres mejores capítulos), la crónica de sucesos y la ficción. Estos tres elementos (el último predomina al final, bajo la advertencia del autor de que los recuerdos escritos están trufados de mentiras) se combinan con naturalidad y ligereza, huyendo siempre del melodrama y el énfasis. La narración fluye en consonancia con la vívida atmósfera del escenario: los campos de la llanura, el duro trabajo de las granjas, la vida chismosa de las pequeñas poblaciones, el alma tenebrosa de los adultos y la frágil conciencia de los adolescentes. Incluso un perro o una hormiga y los objetos inertes (la casa en construcción, que Maxwell relaciona con una conocida obra de Giacometti) tienen su pequeña voz en esta novela, que deja flotando una suave inquietud en el lector, así como la resonancia de haber entrado en un mundo suspendido donde "lo hecho puede deshacerse". El País

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